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RRRR

Plaza Foch

No elegimos nuestros lugares favoritos. Ellos nos eligen a nosotros. Nos dan razones para recordarlos, para quererlos y para volver a ellos. 
La Plaza Foch me ha elegido a mí. 
La Plaza Foch no es una plaza bonita. No hay edificios históricos ni catedral ni palacio ni estatua memorable. 
En la mañana silenciosa y pálida la plaza se despierta tarde y sucia y sin querer.  
Al mediodía ya se sienten los pasos, todavía lejanos, pero innegables, de algo fuerte, acercándose paulatinamente. Como un dragón que, en la tarde, llenará la atmósfera de su aliento embriagador, suscitando anhelos indefinidos.  
En la noche la plaza se pone feliz, observando la vida plena con una sonrisa seductora, llevando su maquillaje de luces. 
En la madrugada es un mar contaminado, cubierto de una niebla de lujuria alcohólica y emociones inflamables. Es el mar en que desembocan los ríos drogados de gente buscando sus alucinaciones gratificantes. El coro de sus voces atonales va ganando volumen hasta que todos hablen y nadie escuche. 
 
En medio del movimiento y la volatilidad y el ruido de la plaza, una mujer y un hombre toman un café, mirándose sin hablar, diciéndose todo.